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Análisis de Cine: Nasty baby (Guagua Cochina) de S...

Análisis de Cine: Nasty baby (Guagua Cochina) de Sebastian Silva.

Nasty baby (Guagua Cochina) es una película chileno-estadounidense de Sebastian Silva (“La Nana”, “La vida me mata”, “Cristal Fairy”) que ha sido capaz de suscitar varias de esas controversias que (re)valorizan el poder pensar en la creación, el cine y su promesa de vida mejor. Hoy revisamos la cinta en Galaxia Up: En defensa de Nasty Baby.

La primera y más simple de estas paradojas que plantea, desde una mirada chilena, es la condición de Silva de realizador exiliado, que estudió Cine en la Universidad de Chile, y que ahora se presenta, con Nasty Baby, en los festivales de Sundance o Berlín con una apuesta estética que reniega de las formas narrativas de lo que se supone es el cine chileno actual (los productores de este film han sido los hermanos Larraín por lo que en principio es que en realidad es el cine chileno el que está cambiando). Pero tal es el riesgo formal por el que apuesta: la cámara en mano en continua dubitación (a pesar de que el director de fotografía es también chileno), los personajes acomodadamente yankees que se pasean con esas hermosas escaleras de Brooklin a sus espaldas, o la centralidad de diálogos rápidos y situaciones especialmente casuales, al modo en que Woody Allen nos había acostumbrado en la década de los noventa (con “Maridos y Mujeres”, por ejemplo), que todas

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las cosas avanzan en esa dirección de hacernos pensar que es más una película estadounidense, específicamente neoyorkina, que chilena. Esto no deja de ser una apariencia, en el fondo, pues esconde que desde “La Nana”, pasando por “Cristal Fairy” o “Magic Cactus”, se nota una evolución reflexiva sobre la propia condición de artista en el desarraigo que impone el mecenazgo en el mundo neoliberal… pero, en cualquier caso, lo que se ve en esta película es que apenas la condición de artista chileno exiliado en Brooklin que caracteriza el propio Silva, como protagonista de Nasty Baby es lo único que suscita nostalgia de la tierra chilena (condición que, por otra parte, resurge en el momento más aluciante de la película, como motivación central en el comportamiento de este protagonista). Por lo tanto, escoger una narrativa tan neoyorkina, ¿Qué tipo de espectador podría tener en Chile? Dicho de otro modo, ¿Qué estaba ofreciendo Nasty Baby a los espectadores que llenaron la sala de la Cineteca Nacional en el pasado Festival de la Cineteca donde el film se exhibió? Para

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poder realizar esta pregunta obvio intencionadamente, que la razón principal es la inteligente fidelidad que el público ha sabido desarrollar tras la grata sorpresa de “La Nana” que no se vio compensada con el suficiente apoyo institucional en su momento, y a lo que quiero ir, es a decir que la sinopsis de una pareja de jóvenes gays reivindicando públicamente la libertad de querer tener un hijo propio y la dignidad de poder hacerlo (recordemos que en Chile el tema de los derechos civiles en materia de igualdad homosexual o derechos reproductivos está en cuestionamiento por el retraso institucional respecto a las demandas sociales) es un argumento que podría resultar atractivo precisamente a esa gran parte de la población chilena necesitada de un reflejo de su condición real o su abierta sensibilidad hacia la normalidad de lo que el discurso oficial niega, es decir, la realidad de cada vez más familias homosexuales que reclaman su visibilidad, especialmente pareja a la firmeza e inocencia suscitada desde el movimiento estudiantil y las nuevas generaciones en Chile.Si esto fuese así, si este fuese su objetivo, Nasty Baby, sería una película reivindicativa más de los derechos homosexuales, y haber ganado el premio Teddy (que galardona películas de temática LGTB) habría sido su colofón. Sin embargo, Nasty Baby

(me atrevería a reivindicar ahora su traducción al slang chileno como “Guagua cochina”) es sobre todo otra cosa y no lo es. Es decir, Nasty Baby es una película que incluso va a intentar desacomodar al espectador que creía haber superado toda contradicción moral antes de entrar a verla. Esto es así porque a pesar de que gran parte de la película podemos disfrutar de la promesa de esa comedia indie a la que creíamos asistir, el vuelco de guión que plantea Nasty Baby es tan intenso que por momentos el argumento de temática homosexual parece que haya sido sólo un MacGuffin (aquel recurso narrativo que hace que los personajes avancen en la trama sin que tenga más relevancia para la misma) o sólo una primera película que no tiene que ver con la otra. La cuestión es que ni es así ni el horizonte de martillear la conciencia del espectador se pierde en ningún momento. Sólo que ya no es la ideología oficial, sino la propia condición de clase media, artista, moderna, tan abierta de mente y divertida que gustábamos de aceptar sin fisuras desde el primer momento. Desde este punto de vista deberíamos preguntarnos ¿Qué ocurre con el resto del mundo mientras creemos que nuestra contribución

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personal y artística en favor de querer comprender como un joven gay aprehende los movimientos de un niño (este es el proyecto artístico que desarrolla el protagonista mientras intenta ser padre) es lo más valioso? ¿Qué ocurre si un vecino, negro, pobre, loco, metafóricamente llamado Bishop, perturba nuestra feliz utopía de clase alta tan aparentemente filantrópica? Puede que nuestra condición de inmigrante ilegal y nuestra condición de homosexual discriminado por la naturaleza y la sociedad sea incompatible con estas realidades más penosas? ¿No deberíamos suponer que la sensibilidad hacia una discriminación debería hacernos más inmunes a realizar otras? Más aun, si el arte servía como abstracción de una creencia en la bondad, honestidad, inocencia y diversión, no sería sino una forma de aumentar nuestra miopía hacia un mundo indefectiblemente herido?

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¿Cómo defender haber decidido encaminar en la misma dirección arte y vida cuando la realidad es más traumática e irremediable de lo que suponíamos? Estas son aquellas cosas sobre las que nos ayuda a pensar el film de Sebastian Silva, con múltiples posibilidades de reajustamiento al golpe, gracias a ese vuelco de guión y, por tanto, esta es una defensa de ese vuelco que dicen que le impidió entrar en el festival de Toronto si no cambiaba el final. Y lo es por poner en cuestión el argumento inicial que no es sino una especie de trampa para resituar nuestra posición privilegiada dentro del mundo de barro que es el mundo ahí fuera de la sala de cine.

Trailer:

FICHA TECNICA

“GUAGUA COCHINA”

(“Nasty Baby”)

Dirigida por: Sebastián Silva

Guión: Sebastián Silva

Elenco: Kristen Wiig, Tunde Adebimpe, Sebastián Silva, Alia Shawkat, Reg E. Cathey, Mark Margolis, Anthony Chisholm, Neal Huff, Judy Marte, Toni D’Antonio, Agustín Silva, Garrison Alexander, Cruz Rodriguez, William Oliver Watkins, Emily Ann Garcia.

Casa productora: Fabula, Funny Ballloons, Versatile, Diroriro.

Producción ejecutiva: Peter Danner, Pape Boye, Violaine Pichon, Sebastián Silva, Christine Vachon.

Producción: Juan de Dios Larraín, Pablo Larraín, Charlie Dibe, David Hinojosa, Julia Oh.

Dirección de fotografía: Sergio Armstrong.

Dirección de arte: Nicolás Arze.

Vestuario: Mark Grattan.

Montaje: Sofía Subercaseaux.

Música: Danny Benzi, Saunder Jurriaans.

Afiche - GUAGUA COCHINA DIGITAL


Violeta Almenar Pertejo, nació en España en I978. Realizó estudios de Historia por la Universidad de Valencia especializándose en Historia Contemporánea, dictaduras, fuentes orales y cine. Ha compaginado su trabajo como profesora con la colaboración con varias páginas webs en que escribe sobre cine.

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