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Análisis de cine: Palomita Blanca de Raúl Ruiz, restaurada digitalmente por Cineteca Nacional.

Recientemente la Cineteca Nacional ha realizado una proyección especial para prensa de la cinta del destacado director chileno Raúl RuizPalomita Blanca (1973). Todo esto en el marco de la celebración de los 10 años de preservación y difusión del patrimonio audiovisual de Chile. Por supuesto Galaxia Up, estuvo ahí y hoy analizamos la cinta.

¿Dónde estaba Raúl Ruiz en el año 73? ¿Qué hacía? ¿Qué tramaba?

Palomita Blanca es la película que acabó de montar aquel año. Antes de poder estrenarse, se produjo el golpe, él partió al exilio y la cinta quedó en custodia en Cinechile. Finalmente nunca se estrenó en dictadura. Se dice que a las mujeres de los generales no les gustaron las dos escenas -encuentros- entre los protagonistas. Su primer encuentro (en una playa) y el último (en un motel). Pero ambos son de muy buen gusto. Otra cosa son las cosas que se están poniendo en valor en esas dos escenas. En la primera, el sueño hippie en que él la invita a desnudarse en la playa sin que haya contacto sexual entre ellos. “Sin tan siquiera mirarla” se repite ella encantada. Sin mirada lasciva, se entiende. En la segunda, ya en el motel, él le acusa de fría, y ella de impotente a él. La razón parecía tenerla ella. Son sutiles las críticas que se desprenden de esta película de Raúl Ruiz, pero son importantes, y por eso, no es muy extraño que no les gustase a las mujeres de los generales. A nadie le escandalizó, sin embargo, la larga escena en que unos hombres ya de pelo en pecho y en calzones intentan que cuatro menores, que se han fugado del liceo, se desnuden con ellos en un piso. Cosas de la derecha.

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La novela sí pudo leerse en dictadura. Es la historia de una jovencita pobre que queda enamorada de un palomo rico, sin muchos miramientos hacia ella. Los garabatos eran entonces lo escandaloso, porque la historia en sí… desde Don Juan que estamos acostumbrados a eso… En cualquier caso, es en esas sutilezas de las que hablábamos donde se nota que Raúl Ruiz no es banal ni aséptico. Su intención es hacer un retrato con el mismo buen gusto con que se dedicaría a rodar Madame Bovary, Effi Briest o La Regenta, y decide hacerlo desde la absoluta modernidad de los jóvenes hippies de los primeros setenta, que adoran Woodstock, los caños, la naturaleza y pensarse de otra manera. Ni como empresario ni como costurera. Se dice que, junto a las cintas de la película, había un tesoro, un proyecto de documental que Raúl Ruiz empezó a rodar precisamente sobre la actitud machista que algunos de sus colaboradores solían tener con “las chicas”. Ese material sí desapareció y no se ha podido recuperar.

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Hoy, la Cineteca Nacional presenta restaurada la versión que hizo entonces el mismo de Raúl Ruiz, al volver del exilio, entre el año 90 y 92. Las imágenes conservan la belleza de la saturación en rojo de las imágenes fijas de la época y el formato 4:3, es decir casi cuadrado. Desprenden nostalgia y acierto cuando se encuadran paisajes exteriores, como el “Pasaje Chiloé” donde vive la protagonista, o se contempla una pelea entre chicos en los techos de sus casas, porque allí aparece, de pronto, otra ciudad que no habíamos aprendido a ver. Las secuencias son largas y artesanales, casi de influencia berlanguiana, en los interiores. Allí la gente común ocupa todos los espacios en su multiplicidad de voces y maravillosamente de pronto uno observa que sus intereses son complementarios y no chocan unos con otros. Esta debió ser la mejor forma de trabajar con una sola cámara que sabe escoger el movimiento valientemente en cada una de las secuencias, mucho más largas y sin el recurso del montaje. Es interesante poder ver cómo resolvía esa cámara los problemas que se le venían y se hace de forma aventurera.

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El sonido es otra cosa. Aún cuesta entender qué dicen en muchas secuencias, o no sobresaltarse con un golpe de pie. Pero hay una cosa que nos dirige hacia el cine experimental y que la restauración ha intentado poner en valor: la multiplicación de voces, la superposición sonora de esas voces. Es un recurso novedoso el que Raúl Ruiz emplea y que es paralelo temporalmente a lo que experimentó también Solanas, desde Argentina, en esos años de vanguardia, en La Hora de Los Hornos. Un recurso que vino de la necesidad del documental de Solanas de intentar retratar la voz del testimonio de las clases subalternas, pero sin la mediación del documentalista, sin su selección asesina de las otras voces, sin su elección de clase media de una única voz de clase baja que represente lo que él no debería escoger. La auténtica democratización de la voz. En Palomita Blanca es tanto la multiplicación de una sola voz, la de ella, como la de diferentes personas que se agolpan. El espectador se ve obligado desde el minuto primero, con la pantalla en negro, a tener que escoger una voz que comprender. Debe escoger entre el discurso neutro, el poema, la poética de hacerse eco a uno mismo, la confesión, o por qué no, sintiendo la presión de estar en un interrogatorio, cuando ella repite una y otra vez el mismo discurso. Y cuando es la multitud la que habla, su familia de clase baja, uno oye una melodía en que se reparten el tiempo de protagonismo casi sin respuesta, y donde las historias incluso del recién llegado son importantes. Llegado ese momento, desde hoy, uno escoge la lectura de los resultados victoriosos de Allende desde Valparaíso, sobre las otras voces. Porque esas voces están en la película. Están insertas las opiniones de las familias sobre las elecciones, Allende y Alessandri. Y tiene pleno sentido que Raúl Ruiz las colocara allí. Estaba hablando de la ilusión, del espejismo que pueden producir los discursos, las sensaciones, los nuevos valores sobre el amor, sobre la democracia incluso, y cómo ese espejismo de pronto desaparece y allí queda la voz sola de la chica pobre, en su casa pobre, repitiéndose su historia, eternamente inocente, e incapaz de desechar esos valores con los que una vez jugó el palomo.

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Violeta Almenar Pertejo, nació en España en I978. Realizó estudios de Historia por la Universidad de Valencia especializándose en Historia Contemporánea, dictaduras, fuentes orales y cine. Ha compaginado su trabajo como profesora con la colaboración con varias páginas webs en que escribe sobre cine.

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