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“Cabros de mierda”, el relato emotivo y sociopolítico de Gonzalo Justiniano

Ya han pasado seis años desde el último estreno de  Gonzalo Justiniano, ¿Alguien ha visto a Lupita? Anteriormente, el director de Caluga o Menta se aventuró en con una comedia titulada Lokas (2008), que obtuvo numerosas críticas negativas. Con Cabros de mierda,el cineasta vuelve al drama con un relato emotivo y marcado por lo sociopolítico.

La cinta comienza en la actualidad, para luego hacer un viaje hacia el pasado. La mayor parte del relato ocurre durante la dictadura de nuestro país y es protagonizada por una mujer chilena “común y corriente” (como la describe su director) y un misionero estadounidense.

La película tiene una estructura clásica. Los acontecimientos que se van dando son coherentes y en cierta medida predecibles. Recuerda a las cintas chilenas de fines de los años 90 y principios del 2000, pero sin buscar ser revolucionaria en su género ni arriesgada en su narración. Si cuenta con un guión sólido y claro, personajes entrañables y un contexto que siempre generará relatos llenos de complejidad, por el marco social que los contiene.

La fotografía de la película presenta irregularidades a lo largo del relato. Hay planos que tienen mucho grano (suciedad fílmica) en relación a otros que no lo tienen en la misma escena. En su mayoría, la película está filmada con “cámara en mano”, lo que hace que los movimientos no sean pulcros, más bien emulan la presencia de una persona. Hay escenas hermosas, como cuando Gladys y Samuel tiene relaciones sexuales y un velo de luz dorada cubre sus cuerpos, ensombrecido por algún elemento exterior. La penumbra los hace estar separados por completo del entorno y eso denota un excelente trabajo de iluminación. La dirección de arte resalta por la selección de locaciones perfectas para el relato, pues los colores y texturas de la población La Victoria nos hacen sentir completamente sumergidos en el relato.

Cabros de mierda tiene varios aciertos. Uno de los mayores es la magnífica actuación de Elías Collado, el niño que interpreta a “el Vladi”. Este personaje se roba la película, no sólo por su carisma, sino también por su amplio rango de emociones a lo largo de la cinta. A nivel narrativo, comienza como un personaje secundario que aporta humor y ternura, luego pasa a tener un desarrollo importante frente al contexto que viven los personajes de la dictadura y, finalmente, termina siendo parte del giro dramático más importante y desgarrador. Este joven talento, sin duda, debería seguir trabajando en cine, ya que su naturalidad es un don actoral difícil de encontrar en niños de su edad.

Esta película tiene muchos elementos de interés. Un elenco poco conocido, pero con momentos sólidos de performance en la película. Un contexto político que siempre puede ser explorado desde otros prismas. Una visualidad atractiva, pero imperfecta. Un guión clásico, que puede satisfacer a un público más masivo, que quiere ver algo parecido a lo que ya le ha gustado. Es una película buena, que sin duda tiene méritos para ser recordada como un aporte a la diversa filmografía de Gonzalo Justiniano.


Cineasta Viñamarino, egresado de la Universidad del Desarrollo. Amante del cine de animación, sobre todo de Studio Ghibli. Sus mayores referentes son Yasujiro Ozu y Wes Anderson.

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