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El Año del Tigre (2011) de Sebastián Lelio

El Año del Tigre (2011) de Sebastián Lelio

Colaboración por Claudio Garvizo del Taller Guión Qué Leo:

 

RÍOS PANTANOSOS QUE PREFERIMOS NO ESCUCHAR
• Lelio se encuentra desde julio en Berlín becado por el Programa de Artistas en Residencia del Festival de Berlín (DAAD), donde está montando su nueva película (Gloria) y trabajando en la creación del guión de su próximo filme. Este semestre conversará vía skype con los integrantes del Taller de Guión Qué Leo que impartiré desde el lunes 3 de septiembre en Qué Leo Bellas Artes. Comparto con ustedes mis impresiones sobre El año del tigre, su última película estrenada en Chile.
Por Claudio Garvizo.
¿Qué hacer cuando la tierra, desde sus entrañas más recónditas, ruge como un animal enjaulado? ¿Hacia dónde ir una vez que el mar ha perdido esa calma precaria? ¿Qué rumbo tomar luego que un fragmento del vasto Océano Pacífico arrasó con viviendas, objetos, personas e historias completas? Son las preguntas que en una milésima de segundo atormentan y revolucionan la vida de Manuel (Luis “Tato” Dubó), protagonista de El año del tigre, la tercera película del cineasta chileno Sebastián Lelio (38).
La condena de Manuel, por un delito que nunca sabemos con precisión, pareciera acabar o al menos quedar en pausa tras el terremoto del 27 de febrero de 2010. Después de la furia de las placas terrestres, que algunos creyentes interpretan como la maldición del ocaso de un tiempo o de los tiempos, Manuel inicia un viaje desesperado de retorno al hogar. Sin embargo, esta travesía resulta pesadillesca, porque avanza entre los esqueletos de las casas y lo que de ellas salió, como si una explosión las hubiese aniquilado. Todo huele a muerte y la fotografía de la película nos muestra de un modo implacable la fusión entre el extravío de Manuel y la sal marítima que abraza a los muertos.
De un modo que no admite respiro alguno, Lelio nos transforma en testigos del periplo de Manuel en la búsqueda de un calor que pareciera nunca ha tenido. Su esposa e hija son esa pequeña posibilidad, aparentemente demolida por el desastre natural. Y la ficción se va nutriendo del paisaje ruinoso de la VII Región, con su borde costero convertido en el peladero de Chile, ese que vimos una y otra vez en los noticieros de televisión entre marzo y mayo de 2010. O tal vez es al revés, lo que parece un escenario desprovisto de intervenciones cinematográficas, se reconfigura desde un evento de ficción, dando paso a una mezcla a ratos llena de poesía. Son planos con versos armonizados desde un dolor que conocemos, que hemos visto y del que solemos hacer vista gorda.
Lelio nos quita la venda de los ojos y nos confronta con la posibilidad de un camino sin retorno, nos guía en ese recorrido con una cámara que alterna intensos movimientos y silencios sepulcrales, como a la manera de un documental que se toma su tiempo para narrar lo que parece inenarrable. Esto se hace aún más patente durante la secuencia que protagonizan Manuel y un viejo lugareño (un notable Sergio Hernández) en las ruinas de lo que antes fue una casa. La embriaguez del personaje de Hernández os envuelve en un delirio mareador, que nos deja en el limbo tal como al propio Manuel.
En ese ir y venir del personaje, con la canción “A la tierra de Caná” de fondo, vamos adentrándonos ya no sólo a lo irremediable, sino que a la fe como mecanismo de opresión y a la vez de supervivencia para quienes intentan sostenerse en pie en medio del derrumbe. Manuel transita entre estos mundos, entre anónimos que invocan a Dios y muertos que quedaron varados al igual que los botes de los pescadores.
En la tercera película de Sebastián Lelio se observa la consolidación de un estilo que ya vimos en sus trabajos anteriores: La sagrada familia y Navidad. Mundos aislados de los eventos frenéticos de la ciudad, donde lo que ocurre está marcado por las tensiones que aparecen en medio de fiestas religiosas. Si bien en este relato no hay una festividad particular, las expresiones rituales de la fe católica irrumpen desde sutilezas hasta actos concretos como una misa al aire libre y en ese contexto, el protagonista vive una procesión que también tiene un final inevitable. Se emparenta también desde el énfasis en los ríos interiores de los personajes, tal vez acá es más notorio que en las anteriores y también son otros los caudales, más pantanosos y con hartas piedras a cuestas.
Esperamos que pronto la película tenga su versión en DVD y puedan verla quienes no pudieron ir a salas de cine.

Sitio web y colectivo chileno de contenidos creativos y difusión en las artes del cine, la fotografía y lo audiovisual.

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