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En cartelera: Force majeure, la banalidad de lo frágil.

Siendo elegida por diversos portales como la mejor película del año, y tras ser galardonada en festivales europeos, incluidos los Globos de Oro, el más reciente filme del sueco Ruben Östlund  es exhibido en el Cine del Centro Arte Alameda, hoy revisamos la cinta Force majeure, (Fuerza mayor) del año 2014.

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En la Roma antigua la llamaban vis maior, un eximente de responsabilidad absoluta, es decir, una excusa para no cumplir aquello a lo que se estaba obligado. En el Medioevo era conocida como la mano de Dios, ya que se creía que esos hechos que permitían que alguien ya no fuera responsable de cumplir, eran causados por Dios: un rayo que no dejaba rastro de la vaca que se había vendido al mercader de paso, un incendio natural que devastaba el bosque del que se extraía la madera con que cada mes el pueblo alimentaba sus chimeneas, o la avalancha que enterraba las cabañas de descanso. Intervenciones tan imprevistas como imprevisibles articulan la excusa que hoy conocemos como fuerza mayor.

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El título del filme de Ruben Östlund, recoge este concepto jurídico, pero le da un giro  estético. Una familia joven, padre, madre e hijos, descansan en un lujoso complejo en las faldas de una nevada cordillera. Una vida normal es la que llevan: dispositivos electrónicos de última generación, abrigos de marca, poca relación entre ellos, comidas sofisticadas y paseos en ski. Lo que los sociólogos adoran denominar “una típica familia moderna”, se traduce en un perfecto blanco para que la mano de Dios intervenga: mientras comen en la terraza que tiene perfecta vista hacia la cordillera nevada, contemplan tranquilamente cómo se produce lo que parece ser una avalancha producida intencionalmente. Asumen que es intencional dado los escandalosos ruidos que emiten las alarmas del complejo, con lo que la familia se queda tranquila mirando en alta definición lo que cualquiera miraría con rostro de espanto. El espectador observa, como la familia, este espectáculo programado, ficcional. Tranquilidad, hasta que la avalancha parece nunca terminar, parece ser más que una avalancha, parece ser la madre de las avalanchas. Cuando deja de ser creíble que sea intencional, comienza el desorden de los personajes, no del espectador. La avalancha no deja de crecer y amenaza con arrasar con todos aquellos que la miraban con tranquilidad. Hay un instante en que ya hay que decidir si seguir creyendo en que es intencional y programada o es un desastre sin control. En ese momento, todos arrancan y la pantalla se va a negro. Tras unos momentos de disipación, descubrimos que sí era una avalancha programada y que había desparramado un poco más de nieve que de costumbre, pero nada grave. La avalancha había sido programada, pero el desastre había recién comenzado: la relación pálida entre la madre y el padre de la joven familia ya no era la misma, ya que lo que hizo él había sido escapar. Ella le increpa a él que no corrió en su socorro, ni en el de sus hijos, sino que escapó, como todos los demás.

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Esta descripción del relato del filme le ha valido la mala fortuna de sus traducciones al castellano: Turistas, la traición del instinto, incluso con una bajada de título tan poco reflexiva como “el rol del hombre en la familia moderna”, dando cuenta del filme de manera superficial y sin una comprensión más que industrial de la obra, intentando cargarla con preguntas que no le corresponden para hacerla llamativa quién sabe para quién. Ante esas lecturas de boletería, oponemos aquí otra lectura: Force majeure no es un filme moral, sino sólo uno que nos muestra en HD lo que cada día tenemos ante nuestras narices, dando cuenta de un uso específico del cine como plataforma de la imagen.

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El suceso de fuerza mayor ante el cual se ven enfrentados los protagonistas es abordado desde una perspectiva que parece ser exclusiva del cine: que Force majeure sea cine y no teatro o novela es relevante. No sólo es cine, sino es un uso específico del HD como mecanismo de filmación. La metáfora que da sentido a todo es esa, la de la alta definición: que una persona increpe a otra haber no cumplido, sólo es cuestión de pruebas. Mientras más claras las pruebas, más fuertes. Ante el compromiso amoroso, en específico del cumplimiento del cuidado mutuo de todos los miembros de una familia, existe un incumplimiento. La discusión la presentan en términos de si acaso habría verdadero amor, pero para efectos del espectador ya está todo claro: el gesto de huir equivale a incumplir la obligación afectiva. Que sea en una toma fija, en alta definición, proyectado en un cine, con sonido superior, sólo exhiben la prueba como algo irrefutable. Sin embargo, lo que muestra el filme como tesis subyace a toda esa superficialidad: hay algo que es frágil en nuestras prácticas y que sólo se sostiene en condiciones normales, desapareciendo en casos excepcionales. El amor, en este caso, sólo es exigible en circunstancias normales, y no es sino el cine el medio que permite capturar eso en la forma de un gesto. El cine como gesto.

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Leer Force majeure como un filme que abre una discusión moral, o que nos permite evaluar la posición del hombre en nuestra sociedad, sólo lo sitúa en un lugar que no le corresponde. Este filme sólo es una prueba de la fragilidad de nuestras prácticas, y también de lo banal que es esa fragilidad. Todo es frágil, todo se puede desmoronar al siguiente instante, nada está amarrado irrefutablemente a su destino, pero eso no tiene que preocuparnos. La avalancha puede arrasar con todo o no, y es esa la aleatoriedad de nuestro mundo. Esa aleatoriedad sólo puede ser mostrada por el cine.

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La imagen siempre está encadenada a la libertad que permite la fuerza mayor: siempre se puede hacer cualquier cosa con ella, aunque con eso rompa su propia promesa. Force majeure nos muestra que el imperio de esa libertad es el cine.


Licenciado en Derecho, Universidad de Chile. Miembro fundador del Núcleo de Investigación en Biopolítica e Ideología (NIBI). Diplomado en Conceptos de lo político, por CAIP. Co-investigador del proyecto FONDECYT Nº 1140901 “Hacia una crítica del poder farmacológico” (2014 — 2017). Ha dictado seminarios y talleres sobre feminismo y biopolítica. Editor de la revista digital sobre erotismo femenino, Obscena. Panelista del podcast sobre política y cultura Comunidad de los iguales. Se ha desempeñado como columnista y crítico cultural en diversos portales digitales. Blogger. Sus líneas de investigación son el feminismo, la teoría queer y el post-humanismo, en relación con el debate sobre lo político, proponiendo en su tesis de grado una lectura de lo político que tenga como elemento constitutivo las prácticas de resistencia. Destacan sos trabajos: “Towards a genealogy of phamacological practice” (junto a Ricardo Camargo, 2015); “Contrasexualidad jurídica. Implicancias de los marcadores de identidad de género en el sistema jurídico chileno” (2013); “Un delito propio. Análisis crítico de los fundamentos de la ley de femicidio en Chile” (2012); editor y co-autor del libro “En reversa” (2011).

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