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Gonzalo Justiniano: “Cabros de mierda se basa en la emoción, más que en contar hechos”

“Cabros de mierda” es un dicho chileno, una expresión cruda y pintoresca para nombrar a niños revoloteando, desordenando o sacando conclusiones ingeniosas. En la película dirigida por Gonzalo Justiniano ese ambiente se siente y se expresa en la narrativa lúdica y distintiva que relata el escenario que vivió Chile durante la dictadura de Pinochet.

El último estreno de este fructífero director relata la historia de Gladys, una joven atractiva, valiente y de carácter, que vive en un barrio marginal de Santiago, junto a su madre y su hija. Un día reciben en su casa al joven misionero Samuel Thompson, quien viene a predicar la palabra de Dios y las bondades del progreso. Con su cámara en mano, Samuel registrará cómo la población resiste la opresión del régimen entre ollas comunes, niños huérfanos y las primeras grandes protestas.

Conversamos con Gonzalo Justiniano, quien nos habló de sus inquietudes y desafíos al realizar este largometraje, además de sus añoranzas por una cinematografía nacional.

¿En qué contexto decides comenzar a desarrollar la historia de “Cabros de mierda”? ¿Cómo fue el proceso de guión, considerando el trabajo que realizaste con la selección del material de archivo que habías grabado y el desarrollo de la narrativa?
Este proyecto nace desde que filmé esas imágenes en la población La Victoria en la época de dictadura. Era una atmósfera muy especial, incluso en ese momento comentábamos que parecía que estuviéramos en Vietnam o Algeria, porque una vez que uno está dentro del circuito interno de la población, a la que se le llamaba “Territorio libre”, uno ve las barricadas en cada cuadra, gente en la calle y los niños poniendo banderas y esperando que arremetieran los militares. Era una situación que no se podía creer, que puede impactar a cualquier persona y donde podía pasar cualquier cosa, más allá de la mirada que uno puede tener como cineasta, como camarógrafo y testigo de este tipo de circunstancias difíciles. Esto me llevó a pensar que debía hacer algo.
Yo filmaba reportajes para distribuirlos en distintos circuitos, en exhibiciones europeas y para ayudar de alguna manera a recuperar la democracia en Chile. Luego, al retornar la democracia al país, me puse a hacer ficción hasta que volví a ver ese material de archivo y, aunque no tenía tan claro qué hacer, sabía que quería hacer algo y me fui decidiendo por hacer ficción. Entonces pensé en algunos personajes, como en un extranjero que se introducía en la población, que es como a mí me pasó. Cuando ya comenzamos a trabajar el guión y a estudiar posibilidades para financiar el proyecto, postulamos a los fondos en Chile y no resultó. Pensamos también en una co-producción con Francia y evaluamos cómo desarrollarla, pero en ese periodo hice películas que fueron más rápidas de producir como B-Happy y El Leyton. Hasta que me invitaron al Museo de la Memoria a visionar unas grabaciones mías. Habían pasado casi 25 años que no veía esas imágenes y cuando vi el material, me pasó algo muy especial, ya que era parte de mi vida y donde yo estuve presente. Fue muy emotivo ver a las personas y evocar al Chile de esos años, entonces comencé a interesarme en regresar a esa historia y a comenzar a ficcionarlo.

¿Qué te hizo sentir volver a la población La Vitoria y cómo realizaron el trabajo de locación?
Para locacionar fuimos a la población La Victoria, que yo no visitaba hace muchos años, cuando vine a regalar unas imágenes y me hicieron un acto conmemorativo, y las señoras se acercaban a preguntarme si me acordaba de ellas y fue muy emocionante. Al volver, la población había cambiado, había más rejas, más autos, casas con segundo piso, que según los vecinos eran signos de los narcos, pero seguía existiendo el grupo social, la solidaridad, la organización, principalmente, de mujeres. Entonces nos organizamos para filmar ahí, donde adoptamos una cuadra del barrio. Entendiendo que era una ficción, basada en hechos y lugares reales, se fue armando una historia lúdica, ya que mis recuerdos de alguna manera se fueron fabulando, como cuando uno se junta con personas a recordar cosas de hace 30 años y siempre van cambiando un poco. Yo quería filmar en Avenida La Feria, en Avenida 30 de octubre , pero teníamos que ir segmentando para que la ambientación se mantuviera acorde a la época.

 ¿Cómo se desarrolló el trabajo con el Director de Fotografía?
Respecto al trabajo con Miguel Loan Littin, era mi primera vez trabajando en un largometraje con él. “Miguelito” le decíamos en el rodaje y fue muy grato, ya que fue muy profesional y siempre propuso soluciones. Optamos por un estilo de planos largos, como a mí me gusta filmar. En ese sentido nos arriesgamos hasta ver las situaciones completas, para permitir su desarrollo natural, lo que se adoptó con un encuadre muy preciso, donde en todo momento se podía marcar la mirada y proponer decisiones muy sutiles frente al lenguaje que íbamos a usar.

Gladys, Vladi y Samuel destacan en la actuación ¿Cómo fue la elección del casting y el trabajo actoral?
A mí me gusta mucho trabajar con personas que no conozco y los elijo por lo que veo en ellos en videos, porque eso es lo que el espectador ve. Teníamos un casting bastante bueno que me puso en problemas, pero escogí a Natalia (Gladys) por su fuerza, por su forma de mirar. Por otro lado, me sorprendí gratamente  por su energía y su compromiso, realmente tuvimos una comunicación muy constante y muy fluida, con mucha complicidad. El Vladi (Elías Collado) cayó del cielo. Yo, al principio, dije que no podía ser porque era colorín y la película parecería un film noruego. Pero empezamos a trabajar con él y, aunque el trabajo con niños no es fácil, lo que aportó se evidencia en la película y el público lo ha recibido muy bien. Para el personaje de Samuel, pasamos por varios actores, incluso hubo hasta un estadounidense que iba a venir, pero se complicó por su calendario. Entonces hicimos un casting aquí y al ver el rostro de Daniel Contesse, que venía saliendo de la Universidad Católica, vi la cara perfecta para representar al personaje y además había vivido en Estados Unidos. Pasamos harto tiempo en esta etapa de casting, ya que es fundamental lo que evocan y transmiten estos rostros y lo que va haciendo que la película emocione o no.

Con todo el material registrado ¿Cómo fue el proceso de postproducción?
La postproducción para mí fue bien especial, ya que yo hace 4-5 años que no hacía una película y  tampoco había trabajado con Carolina Quevedo, con quien hicimos el montaje en mi casa y en aproximadamente 3 meses. Había  mucho material. La película originalmente dura más de 3 horas, e incluso yo creo que haremos una serie… Cuando tuvimos que cortarla a 2 horas fue bastante trabajo y había un elemento muy complicado, ya que este relato se basa en la emoción, más que en contar los hechos. Eso era lo más importante, ir analizando esa emoción e ir construyendo la historia en base a la intensidad de estos mismos. Es mucho más fácil filmar guiones de eventos concretos, pero me interesaba ir dentro de la situación emocional, dentro de los personajes, crear silencios. Es complejo, uno sufre, es como pintar, es como hacer música, como cuando te emocionan y no sabes por dónde fue que entró esa emoción y por qué te evoca ciertas cosas. Ese es mi desafío: lograr algo que se acerque a eso.

¿De qué manera están realizando la distribución?
Tenemos ofrecimientos de distribución en Europa, en América Latina, México y España. También nos llamaron del Festival de Roma para presentar la película y estamos en conversaciones con Nueva York, La Habana, Los Ángeles y Estocolmo, entro otros, pero ahora me interesa que lo vean ojos y corazones chilenos.

¿Cómo ves la realización nacional actual?
Yo empecé cuando en Chile, al poner una cámara en la calle, teníamos que mirar para todos lados por si teníamos que salir arrancando. De eso a como estamos ahora, donde se están haciendo más películas y hay más contacto con festivales internacionales, hay un cambio muy grande. Eso ha aportado los frutos por los que peleamos: que haya una cinematografía nacional, que hayan muchos directores y directoras, muchas temáticas, muchos formatos, muchos puntos de vistas, técnicos profesionales que no tienen que envidiarle nada a nadie, etc. Es importante que esto que estamos logrando lo defiendan las nuevas generaciones. Hay que valorar e insistir en ir mejorando los contenidos, ahí hay una lucha fuerte. Por ejemplo, en el tema de la memoria, hay parte de la sociedad chilena y gente poderosa en el área de las comunicaciones que no les interesa, y ese es un tema que quiero criticar también. Está bien que existan películas abiertas y comerciales, pero también es importante que existan películas que exploran nuestra identidad de ser chileno y eso hay que defenderlo a muerte.


Realizadora, Montajista, Productora, Locutora y Actriz de Doblaje. Se ha desarrollado en el área de la post-producción para publicidad, cine y televisión. Liderando equipos de profesionales de audiovisuales y periodistas.

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