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La despolitización de los superhéroes: X-Men: Apocalypse (Bryan Singer, 2016).

En el marco de un año saturado por los filmes sobre superhéroes, se estrenó la más reciente entrega de la adaptación cinematográfica del cómic X-Men, con la cual se cierra un par de trilogías a cargo del director Bryan Singer.

Tras el estreno de X-Men: Apocalypse, Stan Lee anuncia su retiro de la vida pública a los 93 años. El autor de las ideas claves para el desarrollo de los cómics más exitosos de la marca Marvel, asiduo a los cameos de las películas inspiradas en las historietas de su firma, sigue fiel a un cierto ideal del superhéroe clásico: el hecho de que exista una vida privada, diferente de una vida pública. Salvar al mundo de las invasiones alienígenas o de los dementes doctores experimentales que intentan destruir la humanidad como se la conoce, es tradicionalmente lo que conocemos como la vida pública de los superhéroes: esconden sus identidades precisamente para poder separar esas enemistades mortales, de las vidas que comparten con los que aman. Que Stan Lee se retire de ella, es una afirmación de esta distinción entre lo común y lo íntimo, tal como lo hacen sus propias creaciones.

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Sobre esta diferencia entre los planos de la vida, caso notable son los mutantes de la saga X-Men: siendo perseguidos por su condición genética de mutantes y diferentes, respecto al estándar humano, se ven obligados a esconderse y abandonar su vida pública. Sin embargo, un grupo de esos mutantes reunidos por el profesor Xavier, deciden romper con esa distinción y hacer de su vida algo público, a pesar de la persecución estatal en contra de los de su especie. El grupo de los X-Men están de lado de la defensa de los mutantes, como también de los humanos, guiados por el sueño político de Xavier: que los humanos y los mutantes convivan en paz, como miembros de una misma comunidad. Contra esta tesis, la de su mejor amigo y archirrival, Magneto sostiene que los mutantes son una raza superior, una evolución respecto del homo sapiens: el homo superior tiene derecho a heredar la Tierra, tal como el homo sapiens lo hizo respecto del homo neanderthalis.

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Desde su publicación en 1963, X-Men, ha servido como una cierta alegoría de los movimientos de reivindicación social de categorías de excluidos. Así, los movimientos por los derechos civiles y políticos han adoptado a los X-Men como un símbolo pop que representa su lucha: feministas, homosexuales y negros leyeron X-Men en función de sus luchas durante los años 70, 80 y 90. En la década de los 90 la fama de X-Men fue mundial gracias a una serie animada que ponía como asunto central los clásicos dilemas de los cómics: ¿Los mutantes deben tener los mismos derechos que los humanos? ¿Debe existir un control estatal de las intervenciones públicas de los X-Men? ¿Se debe aplicar una “cura” a los mutantes para corregir su variación genética? O al revés, ¿Podrían los humanos mutar sus estructuras genéticas para convertirse en mutantes? Estas preguntas, siempre son disputadas en función de ciertas tesis políticas, de ciertas nociones de lo que la comunidad humana (extendida o no a los mutantes) debe significar. Por ello, X-Men fue considerada una de las sagas más políticas de todas, característica que ha sido perdida a lo largo del desarrollo de la misma en el cine.

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Como es la tónica de las películas de superhéroes actuales (Batman vs. Superman, Captain America: Civil War o Deadpool, sólo por mencionar las estrenadas en 2016 y tanto de Marvel como de DC Comics), las grandes batallas épicas e ideológicas que contraponen una manera de comprender el mundo en contra de otra, han sido reducidas a luchas por cuestiones privadas: mientras los enfrentamientos entre Batman y Superman, como el de Capitán América e Ironman, tienen como motor central las muertes de sus padres. Deadpool es presentado como un semi-héroe que lucha por rencor. X-Men no escapa de eso: las tesis centrales que Magneto sostiene en los cómics, se ven diluidas entre las lágrimas que lloran las pérdidas de su familia; la relación intelectual y el compromiso heroico de mutantes como Jean Grey, Wolverine o Cíclope se ven restringidos por sus impulsos sentimentales y disputas amorosas; la intelectualidad de una villana como Emma Frost desaparece entre las curvas de la modelo que la interpreta; la apariencia de Rougue es central para cuestionarse si seguir defendiendo a la humanidad o no. Este triunfo de lo superficial, lo privado, lo sentimental, por sobre sus ideales políticos, sus alianzas y compromisos es una muestra de la cooptación de la ficción por parte del neoliberalismo: la industria cinematográfica sirve como instrumento de desarticulación de lo público. Si le damos algún valor al hecho de organizarnos de manera colectiva y pública, los valores promovidos por estos superhéroes son precisamente los inversos.

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Ahora bien, más allá de esa crítica cultural de la producción de películas de superhéroes bajo un modo de producción neoliberal, debemos rescatar que X-Men es una saga política, en el sentido que nos muestra que la comunidad puede conformarse por aquellos que son mutantes: “mutante” en el sentido de cambiante, para efectos políticos, significa la posibilidad de poder aliarse con aquel que cambia, con aquel que hoy es algo que mañana puede variar. X-Men nos enseña el valor de la mutación: los radicalmente distintos pueden comprometerse por una lucha que es común, puede haber una comunidad de iguales a pesar de sus diferencias.

La saga a cargo de Bryan Singer, eso sí, posee una virtud por sobre sus similares: existe algo visual en las mutaciones que no puede evidenciarse sino mediante ciertas plataformas. Una es el cómic, pero la otra es el cine. Que la saga de X-Men (seis filmes de X-Men y otras cuantas sobre Wolverine) sean filmes radicalmente independientes respecto de las historietas nos enseña que el cine puede hacer algo específico que el cómic no, lo cual se evidencia en la importancia que en las películas ha cobrado un mutante que en su versión impresa es uno más: Quicksilver, el mutante de la velocidad, del movimiento. La relevancia de Quicksilver, que no funciona igual en los cómics, evidencia que las mutaciones exquisitas en nuestro sistema cultural son aquellas cuyo cambio es tangible de manera inmediata (por la misma razón, el mutante enemigo de esta última entrega es Apocalipsis, un mutante cuya mutación ha tardado más de 4.000 años: el enemigo es la lentitud). El contraste entre Quicksilver, el más veloz de los mutantes, contra Apocalipsis, el primero y más antiguo, nos evidencia que hay ciertas mutaciones que son vistas con buenos ojos, versus otras que son vistas como enemigas. El valor político de X-Men, en este sentido, es que nos muestra que hay mutaciones que incomodan y otras que no: ¿Qué pasa con los mutantes que no tienen superpoderes, pero que de todas maneras se alejan del canon humano? ¿Por qué en los filmes de X-Men no aparecen los llamados morlocks, mutantes que no tienen superpoderes, que sólo son excluidos de la comunidad por no parecerse físicamente a nosotros? Hay ciertas imágenes que el cine industrial aún se niega a mostrar y Stan Lee, al retirarse de la vida pública, nos muestras que hay una manera formal de hacer de los filmes de superhéroes algo funcional a esa censura.

La resistencia, en términos políticos, está en los mutantes que no aparecen en los filmes de X-Men, pero que a la vez pueden tomar compromisos en favor de la comunidad.

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Licenciado en Derecho, Universidad de Chile. Miembro fundador del Núcleo de Investigación en Biopolítica e Ideología (NIBI). Diplomado en Conceptos de lo político, por CAIP. Co-investigador del proyecto FONDECYT Nº 1140901 “Hacia una crítica del poder farmacológico” (2014 — 2017). Ha dictado seminarios y talleres sobre feminismo y biopolítica. Editor de la revista digital sobre erotismo femenino, Obscena. Panelista del podcast sobre política y cultura Comunidad de los iguales. Se ha desempeñado como columnista y crítico cultural en diversos portales digitales. Blogger. Sus líneas de investigación son el feminismo, la teoría queer y el post-humanismo, en relación con el debate sobre lo político, proponiendo en su tesis de grado una lectura de lo político que tenga como elemento constitutivo las prácticas de resistencia. Destacan sos trabajos: “Towards a genealogy of phamacological practice” (junto a Ricardo Camargo, 2015); “Contrasexualidad jurídica. Implicancias de los marcadores de identidad de género en el sistema jurídico chileno” (2013); “Un delito propio. Análisis crítico de los fundamentos de la ley de femicidio en Chile” (2012); editor y co-autor del libro “En reversa” (2011).

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