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Luis Horta, Cineteca U. Chile: “El cine chileno se ha despojado del mercado para encontrar libertad creadora”

“Territorios en crisis: Cine chileno contemporáneo” es el nuevo ciclo de cine de la Sala Sazié Cineclub de la Cineteca de la Universidad de Chile, un espacio gratuito que se instaló todos los martes en la Casa Central de la casa de estudios, que durante todo el mes de julio exhibirá estrenos de cortos y largometrajes nacionales inéditos. En la muestra destacan los títulos Secos (Chamila Rodríguez, Galut Alarcón), Ventana (Rodrigo Suzarte), Andrés lee i escribe (Daniel Peralta) y Crisis (Martín Pizarro), que cerrará el ciclo este 25 de julio.

El ciclo se enmarca dentro de las diversas actividades que ha realizado este año la Cineteca de la U. de Chile por la conmemoración de los 120 años del nacimiento del cine chileno. En este contexto, conversamos con su coordinador, el investigador y académico, Luis Horta, sobre la evolución del cine chileno, el patrimonio y la memoria audiovisual, los realizadores nacionales y la necesidad de acercar nuestro cine hacia otras audiencias.

Luis, desde tu experiencia, ¿cómo ha evolucionado el cine chileno en estos 120 años?
Es una pregunta difícil, porque finalmente hay que plantearse que el cine chileno es imposible de leer de forma homogénea y menos en un rango tan amplio. Aún así, resulta imposible evadir ciertos hitos que demarcan algo que podríamos denominar “identidad”, también un concepto laxo y poco preciso. Por ejemplo, los intentos industriales han sido, generalmente, un horizonte impuesto por realizadores desde la década del ‘20 en adelante, pero no se condicen con las posibilidades de producción local. En ese sentido, las exploraciones autorales, más cercanas a la poesía, y bajo condiciones de producción minimalistas, con circuitos exhibidores mucho más libres y menos controlados por organismos centrales, han sido las más provechosas en cuanto a calidad de obras. Pienso en Raúl Ruiz, pero también en obras aún por descubrir y revalorar, como Cachureo de Guillermo Cahn, Nostalgias del Far West del Colectivo del Cabo Astica o El Vecino de Juan Carlos Bustamante, El Charles Bronson chileno de Carlos Flores, obras más bien “sobrevivientes” en contextos de producción donde se termina por imponer un carácter cultural del cine, pero cuyo valor comercial es quizá lo menos relevante. Lo mismo el cine documental, particularmente la labor de Armando Rojas Castro y el Instituto de Cinematografía Educativa de la Universidad de Chile, Sergio Bravo, Pedro Chaskel, Héctor Ríos, Patricio Guzmán o una película como El Chacal de Nahueltoro, que mezcla realismo documental y ficción. En estos casos encontramos que existe una respuesta favorable del público, en cantidad, pero también en algo que la industria suele dejar de lado, pero es esencial: el modo en que esos filmes afectan y conmueven a la comunidad. No me atrevo a hablar de una “evolución”, porque me parece que cierto cine previo tenía una calidad técnica y artística bastante sofisticada, igualmente el cine chileno de los ’60, del exilio o el de resistencia. Me parece que el cine chileno ha sabido despojarse de las ataduras dadas por exigencias del modelo de mercado para encontrar la libertad creadora en torno a las posibilidades locales.

¿Cómo se realizó la curatoría de la muestra de conmemoración de los 120 años del cine chileno?
Lo primero fue pensar en el público: ¿Qué películas querría ver un ciudadano común, que viaja en precarias condiciones en metro o micro, con honorarios bajos, condiciones laborales menores y acosado permanentemente por un sistema hostil? En ese contexto, pusimos énfasis en aquellos autores y obras que han sido desplazados de cierta oficialidad, para “redescubrir” sus tesis visuales sobre la comunidad. Creemos que ello nos ha reportado felices resultados, ya que el promedio de asistentes no baja de las 80 personas semanales. Para dar cine chileno, patrimonial y en la modalidad de cine foro es bastante, y creo que la clave ha estado en sensibilizarse con el medio y cumplir nuestro trabajo desde esa posición. Eso nos ha llevado a cuestionar los soportes propios de una proyección en una cineteca convencional. Para el acto central tuvimos un acto performático con música concreta y experimental, donde proyectamos cine patrimonial de los años ’20 y ’30 en tres pantallas. Una relectura de las convenciones del cine mudo (proyección y música en vivo), pero desde una perspectiva contemporánea. Para ello nos asociamos con AriztíaLab, que aborda dinámicas similares a la nuestra, pero desde el espacio sonoro y la arquitectura. Tener el Patio Domeyko, un salón con más de 100 años, lleno de gente joven viendo cine histórico, nos llenó de orgullo porque es gente que posiblemente no se sentaría en una sala de cine convencional a ver estas películas. Gracias a esta reflexión que proponemos, instalamos el acceso a nuevas instancias para promover nuestra memoria visual.

¿Cómo ves la realización nacional actual en cuanto a sus temáticas y calidad?
Me parece que la riqueza está en la diversidad, lo que también está dado por la facilidad que significa la manipulación y el uso de equipos digitales. Hoy se hacen más películas que antes, lo cual siempre va a ser positivo. Pero una aprehensión es que sólo nuestra Cineteca de la Universidad de Chile se está encargando de preservar todas esas películas nuevas que se están produciendo, aún cuando no gozamos de subvenciones directas del Estado para hacer esta labor; una paradoja fundada en la nula restitución de todo el daño que se nos hizo con el cierre de 1973. Tampoco podemos llegar a todas las películas ni los autores por falta de recursos, por lo que va a ser dramático como en setenta años más, posiblemente, no podamos acceder a gran parte del cine que se produce hoy, cómo el patrimonio audiovisual ha sido excluido de la cadena de producción.  Y para acceder a financiamientos debemos operar en lógicas que no son propias de la disciplina, ello va en detrimento de la necesidad de velar por nuestra memoria, que es el presente visual que se consume día a día.

¿Qué crees que nos falta como sociedad para reconocer más el patrimonio nacional?
Me parece que falta un trabajo profundo en educación. Por ejemplo, es importante que el Ministerio de Educación dialogue con instituciones públicas como la nuestra para que lo audiovisual se inserte en los programas formativos basales. Esto no sería nada hace 40 años atrás, pero hoy un niño antes de saber hablar ya sabe descargar aplicaciones. Nuevamente la comunidad va más adelante que la institucionalidad cultural, lo que -por defecto- evidencia que ella no está dando respuesta a una sensibilidad ya instalada y que es parte del cotidiano. Sin embargo, creo que el trabajo que se puede y debe hacer, y no se ha realizado por diversos motivos que requieren un análisis mayor, es el de pensar en la comunidad y concretar esa reflexión en políticas aplicadas en términos innovadores. El daño que se hizo a la educación chilena es tan grande que creo estamos en condiciones de que el Estado haga una gran reflexión para restituirlo, pero a la vez para avanzar en el uso de estrategias contemporáneas en torno al desarrollo social. Si no se ha avanzado es también porque no se ha reconocido el daño, no ha existido una reparación hacia las instituciones y ha primado otro tipo de estrategias políticas que evidencian un estancamiento en que, por ejemplo, un niño sepa más de cine norteamericano que de una película filmada en su región. En ese sentido, los festivales de cine regional hacen un trabajo muy importante de formación, como el Festival de Cine de Talca, Viña o de Valdivia, por nombrar sólo tres que se han posicionado con temas educativos. Por otra parte, el cine patrimonial sí tiene una repercusión positiva en el público y existe una demanda que no va acompañada por los aportes del Estado. Me ha tocado estar en funciones de 100 personas para películas de los años ’50 ó ’60, o ver personas emocionadas con algún documental del ’70. Es conmovedor ver cómo las obras son elocuentes y proyectan un sentido de pertenencia que vuelve a establecerse como una forma de construir comunidad. En nuestro sitio cinetecavirtual.uchile.cl las películas más vistas son un noticiero de 1973 y el documental Venceremos, que desde el punto de vista identitario instalan una reflexión mucho más profunda, que el mercado nunca contemplará. Es para eso que se hace imprescindible el trabajo de instituciones públicas que no estamos sometidas a indicadores de la compra-venta.


Realizadora, Montajista, Productora, Locutora y Actriz de Doblaje. Se ha desarrollado en el área de la post-producción para publicidad, cine y televisión. Liderando equipos de profesionales de audiovisuales y periodistas.

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